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          El origen histórico de la Casa de Campo, finca que linda con el rio Manzanares es muy antiguo, tanto que algunos historiadores e investigadores, sitúan en sus confines la existencia de un asentamiento romano conocido como Miacum, del que parece derivarse el nombre del arroyo Meaques, la zona era del gusto de los primeros habitantes de Madrid, cuando ni siquiera existía Mayrit, nombre que las huestes de Muhammad I dio a la fortaleza que se construyó sobre un asentamiento visigodo previo entorno a lo que hoy es el Palacio Real y la zona más céntrica de la capital.

           

          Pero las primeras reseñas históricas verdaderamente fiables de la finca datan de finales del Siglo XIV, en tiempos del reinado de Enrique III de Castilla, que decide convertir a las tierras del Monte de El Pardo como residencia real, hecho éste que provocó el interés de los miembros de familias destacadas de la Corte por disponer de tierras y residencias en las proximidades de la que ocupaba el monarca. Fue la destacada familia Vargas, una de las dinastías más conocidas del medievo madrileño quien se hace con la propiedad de lo que hoy es parte de la Casa de campo y construye una casa palacio que es el origen del palacete existente junto a la puerta del Rey, aunque, claro está, apenas recuerda la casa que habitaron Don Francisco de Vargas, su primer inquilino y Don Fadrique, el último Vargas que disfrutó de su propiedad.

          Pero en nuestro discurrir por la popular Casa de Campo, los caminantes,   ciclistas   o los enamorados       del "running", es fácil pasar por las cercanías, o incluso sobre lugares que en tiempos fueron emblemáticos por una u otra razón y que hoy simplemente se pueden calificar de vestigios olvidados. Unos por abandono, otros por deliberado olvido ya que han sido lugares que han supuesto mucho dolor, como los aún perceptibles restos de la Guerra Civil, como el caso que hoy nos ocupa, la Casa de vacas.

          El origen conceptual de la Casa de vacas nace en el deseo de la Reina María Cristina de Borbón, esposa de Fernando VII, quien vio con buenos ojos la creación de una explotación ganadera en el recinto de la Casa de campo, y para ello se eligió el emplazamiento que hoy alberga las ruinas y la fuente, por ser la zona de pastos más abundantes y la presencia de agua también abundante.

          En el lugar se trató de crear una granja modelo en la que se llegó a experimentar con sistemas avanzados (para la época) para la producción de quesos, mantequilla y otros productos relacionados con la leche. Pero la muerte del Rey felón distrajo de sus intereses agropecuarios a la Reina, al convertirse en regente hasta la mayoría de edad de su hija, la Reina Isabel II, hecho este que fue el detonante de las sucesivas guerras carlistas por el apoyo de ciertas zonas a los presuntos derechos de sucesión del hermano de Fernando, Carlos María, de ahí el nombre de Guerras Carlistas. El resultado se puede imaginar tras el informe de 1872 en el que se asegura que el estado de la Casa de vacas es de importante ruina. Se retoma el cuidado de la edificación pero no a fondo, tal es así que Alfonso XIII, tras una reforma algo más contundente dedicó la casa al uso de pabellón de caza, ya que la finca siempre había tenido un uso cinegético importante, hoy día es fácil en primavera y verano cruzarse con innumerables ejemplares de conejo. El último uso conocido antes de la Guerra Civil fue el de cuartel de la Guardia Civil, en esta su última etapa pues, apenas tuvo nada que ver con su origen como puede apreciarse.

          La ruina definitiva de la que nunca se recuperó aconteció en noviembre de 1936, cuando tropas nacionales se lanzaron al asalto de Madrid a través de la Casa de campo, el día 8, la columna de la Legión al mando del comandante Castejón, un duro militar que, precisamente, fue herido de gravedad en los combates de la Casa de Campo, destrozaron la unidad republicana que dirigía el Comandante Enciso. La casa de vacas tenía una importancia capital en la batalla, no en vano era la puerta para alcanzar el Cerro de Garabitas, alto que permitía, como así fue, barrer la ciudad con la artillería. Días después, columnas de las unidades de las brigadas internacionales y después las confederales de Cipriano Mera o Buenaventura Durruti intentaron con escaso éxito la toma del cerro y de la Casa de vacas, que desde esa fecha quedó en poder de las tropas de Franco hasta el final de la contienda. Todas esas terribles luchas convirtieron la Casa de vacas en el montón de ruinas que hoy podemos ver. Tan sólo la fuente que tan buen uso hacen los paseantes y ciclistas que por allí circulan (ojo, el agua que mana no es potable) para refrescarse, ha recibido cierto grado de restauración, por desgracia, no es el único edificio destruido por la Guerra Civil que ha corrido la misma suerte en la Casa de Campo.

          Para acceder a ella, normalmente accedemos por la puerta que existe en Aravaca, junto a la vía férrea, no muy lejos de la puerta de Casa quemada, otro de los lugares que figuran en la historia terrible de la contienda de 1936-1939, se llega tras un corto paseo, aunque los hay que prefieren llegar desde las proximidades del puente de los franceses y recorrer los restos que aún pueden distinguirse de las posiciones en y alrededor del cerro de Garabitas.

           

           

           


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